»Hombre, que no tengo ganas de ver a esa tonta.«
»Pero si es lo más de amable, solo un tricito re-enamorada de la India«
, me responde mi esposa.
»Una típica rubia loca fanática de la India, pero no una de las amables, sino una anarco. Eso es lo que es. Y siempre la misma vaina: Me mira rayado, a mí me toca mirar al piso. La mujer me dice su opinión en la cara sin asco. Y yo? Ni modos, yo soy tu esposo y debo ser diplomático. Pero esta vez si no voy a tus reunioncitas pendejas, te lo juro!« Le clavo la mirada a mi mujer… y no se la quito…

Dos horas más tardes me encuentro en compañía de cuatro artistas europeos y mi esposa en el café Coffe Day en el Khan Market. Tomando Espresso. Tres de ellos son muy bacanes y conversamos de cualquier pendejada. Y la cuarta? Correcto. Me mira rayado… y yo miro al piso… Schlampe.

»Sabes una cosa?«, me pregunta repentinamente. »Me jodí el estómago«. Yo sonrío.
»Pobrecita.«
»Pero saben dónde me indigesté?«
Todos la observan con compasión y curiosidad.
Me imagino zorra que en uno de esos huecos que sueles frecuentar y donde por 50 centavos de euro te llenas la panza. Cuánto quisiera decirle esa y otras verdades… pero mejor sigo observándola y callo.

»En el Oberoi.«
»En el Oberoi?!«
, pregunto más que asombrado. En uno de los hotels más costosos y bellos de Delhi, donde casi todo es importado y un mango lassi no cuesta menos de cinco o seis euros… Sí claro, semanas y semanas tragando y durmiendo por un par de centavos en la super-barata-y-alternativa-India y por el simple hecho de darle al final del viaje un lujo al pobre cuerpo que ya está hecho trizas, se le echa la culpa al sistema imperialista de la diarrea causada por las amibas & Co. incubadas a través de todo el viaje. »Tan raro, esa historieta la conozco de algunos foros sobre la India en Internet. Qué casualidad que a ti también te pasó, no cierto?!«, le pregunto, mientras le pico el ojo.
Mi mujer se voltea y me mata con la mirada. Yo miro rapidito hacia el piso – y me sonrío. La (otra) estúpida sacude la cabeza, saca una botella medio sucia de su mochila y se va para el baño.

Un par de minutos después regresa. Al verla recuerdo a Cher.

»Mierda, mi estómago no quiere calmarse.«
»Oye, qué tienes ahí?«
Mis bellos ojos marrones no pueden creer lo que están viendo.
»Agua fresca.«
»Agua fresca?
De dónde diablos sacaste „agua fresca“?!«
»Pues de dónde va a ser? Del grifo en el baño.«

La mujercita se sienta, toma un trago largo, larguísimo (sí, de la botella...), me da la espalda y continúa la charla con el resto de amigos. Yo me muerdo el labio inferior y frunzo el seño.

»Te espero en el carro«, le digo a mi esposa.
»Por qué te vas tan rápido viejo?«, me pregunta uno de los otros muchachos.
»Ach, la úlcera hermano«, le respondo. Y me voy.